¿Viajar? ¡Volver a casa!

Hace unas semanas tuve la oportunidad de disfrutar de un crucero por el Mediterráneo, visitando los lugares más turísticos, fotografiando lo que quisiese y comiendo como si no hubiera un mañana.

Observando una pareja en pleno frenesí vacacional, los vi obligándose a visitar una interminable lista de los “imprescindibles” de cada ciudad. Él, abatido por las palabras de su pareja que quería ver “una exposición más” exclamaba exhausto, “yo solo quiero volver a casa, ¡hogar dulce hogar!”.

Y ahí reflexioné sobre cuál es el viaje más valioso… ¡y no es el que siempre nos han dicho!

Los kilómetros no indican la profundidad del viaje

Desde hace muchos años, la llegada del verano anuncia, también, la necesidad imperiosa de viajar. De repente, la pasión por llenar la maleta y perderse por algún lugar del mundo invade todos los hogares. Pero, no nos engañemos, cualquier sitio no vale. De nada sirve viajar al pueblo de al lado y, ni mucho menos, quedarse en casa.

Una vez terminado el período vacacional, los que se hayan ido volverán con sus cámaras y nos preguntarán: “Ha sido una experiencia inolvidable. Y tú, ¿dónde has ido?”. Pues, en su mente, “turistear” es una obligación.

Este tipo de situaciones me empujan a afirmar que el turismo está sobrevalorado. Trabajar sin descanso todo un mes para pagar una semana o dos con la pulserita “todo incluido” me parece excesivo. Más que nada porque en esa semana el turista hará alarde de unos intereses culturales y gastronómicos que, al volver a su ciudad, desaparecerán por completo.

En realidad, el turista no ha vivido un viaje, ha estado consumiendo lo que la sociedad le ha hecho creer que es gozoso: monumentos, museos, exposiciones… Al margen del cansancio que tenga, seguirá visitando museos hasta terminar los de la lista. Pero, al regresar a casa, no volverá a visitar ni una exposición ni un museo en lo que queda de año

Así pues, acabamos convirtiendo los viajes y las vacaciones en actos inconscientes de consumo. Estos actos, simplemente, intentan llenar un vacío interior supliéndolo con estímulos externos.

El verdadero viaje

La vida en sí misma es un viaje. Este viaje empieza cuando nacemos y se termina en el momento de nuestra muerte. Pero, mientras tanto, nos van sucediendo innumerables experiencias que tienen como propósito que descubramos quiénes somos.

Gracias a lo que nos ocurre en nuestra vida, podemos aprender lo fundamental: a ser felices en cualquier circunstancia, a amar (incluso a las personas o circunstancias difíciles), y a mantener una paz interior invulnerable incluso cuando las cosas parecen torcerse.

“La verdad nos hará libres”, se suele decir. La verdad de la que hablan nace de descubrir quién soy yo gracias al aprendizaje que obtengo en vida. Y, en ese sentido, mi vida es un viaje que me permite volver a casa: volver a la paz profunda que soy. Se trata de un camino hacia mí conciencia que me permite habitar el cuerpo de forma plena desde la libertad que da la comprensión. El verdadero viaje, pues, es un camino hacia tu esencia.

Aprovecha el verano

Si hay algo que sé, es que hemos nacido para vivir el verano, que hemos nacido para gozar. Desde la paz que da esa constatación, me animo a seguir disfrutando del verano, de los días que me queden hasta el otoño de mi vida, hasta el momento de mi muerte.

Por ello, renuncio a sufrir, pues sé que todo es en realidad un aprendizaje. Y, por esta razón, me recuerdo cada día que siempre tengo lo que necesito para ser feliz si sé valorarlo

Así pues, os animo a gozar de este verano metafórico, ¡que es vuestra vida! Nada hay más importante que descubrirse y llegar a ser lo que ya somos, pero de forma consciente. Ese sí es un viaje que merece la pena vivir a todo color y con todo lujo de detalles. El verano es darse cuenta que, esté donde esté, que ya estoy en mi hogar. ¡Hogar, dulce hogar!

Pero los mosquitos también pican

La vida puede ser un edén a ratos, pero lo cierto es que también tiene sus dificultades: hay mosquitos que pican; en agosto hace calor y sudamos; en invierno arrecia el frío; no siempre salen las cosas cómo deseamos, etc.

A menudo hay problemas, ¡negarlo es auto-engañarnos!

Sin embargo, lo importante es descubrir e incorporar herramientas para que las dificultades no sean un impedimento para seguir creciendo y disfrutar, en lugar de sufrir. Ahí está el souvenir más preciado, y está en tus manos decidir cogerlo, o no.

Y, tras el 31 de agosto, ¿qué hacer?

Para terminar, te animo a pensar más allá del verano. Si has leído el artículo, quizás también compartas conmigo que el verdadero viaje es descubrirse, ser uno mismo/a, aprender a amar, ser feliz y mantener la paz interior al margen de lo que ocurra: ¡volver a casa! Por eso, te propongo un pequeño reto: ¡descúbrete! ¡haz un viaje interior!

Para ello, pues plantearte hacer un curso de crecimiento personal, bien sea el que yo imparto en Madrid (www.aulainterior.es), bien sea el de otras personas con experiencia suficiente.

Decidas lo que decidas, recuerda que conocerte es el mejor regalo que puedes hacerte a ti mismo/as. Cuando tú te descubres, todo el mundo encaja, todo tiene significado. Nada exterior cambia, pero todo te parece distinto. Por fin, has vuelto a casa. ¿Te atreves? ¿Inicias, conscientemente, este viaje?

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