Solo cuando callo veo con claridad

La vida es un diamante de múltiples e infinitas caras. Algunas de ellas se complementan mientras que otras parecen totalmente contradictorias. Sin embargo, eso no significa que en un determinado momento no podamos captarlas todas, basta con intentar captarlas más allá de la mente lógica. Tal como decía Antonio Blay, a veces “pensar es un atraso mental”.

Siempre que estemos dispuestos/as a descubrir la verdad, es decir, a ir más allá de las apariencias, podremos entender todas las caras que tiene la realidad. Pero, para ello, puede ayudarnos el hecho de replantearnos el significado de las palabras.

Y, en ese sentido, el silencio es “la Palabra” que esconde un profundo mensaje.

El significado de las palabras

En nuestro vocabulario tenemos integradas una serie de palabras que están vacías, que no tienen ningún significado. Día tras día, nos esforzamos en otorgarles un significado y una existencia que no tienen. A pesar de ello, debemos asumir que porque una palabra exista en el diccionario, esto no implica que exista objetivamente en el mundo físico.

Por ejemplo, el calor no existe, así como tampoco existe el frío. Existe la temperatura y la capacidad que yo tengo de captarla en mi cuerpo. El frío y el calor son, simplemente, palabras que hablan de una experiencia personal con la temperatura, de mi interpretación subjetiva. Los grados sí existen, así como la temperatura. Pero el calor o el frío no tienen existencia propia. Solo son palabras, palabras vacías de significado objetivo que hablan, solamente, de mi valoración subjetiva del valor de una temperatura concreta.

La oscuridad tampoco existe. Existe la luz, los fotones y la capacidad que yo tengo de captarla a mi alrededor. Cuando yo no veo suficiente, cuando mis ojos no la captan, afirmo que hay oscuridad. Pero solo los fotones existen. La “oscuridad” no tiene entidad propia, llamo oscuridad a la ausencia de fotones… Sin embargo, es erróneo pensar que, si la oscuridad no existe, tampoco existe su contrario, la luz. Quizás el problema está en creer que la vida está compuesta de contrarios cuando solo está formada por realidades que se expresan de forma gradual. Por lo tanto, la luz existe, pero no la oscuridad.

Como acabamos de ver, damos un significado a las palabras basado en nuestra propia visión, en nuestra percepción de la realidad. Se trata de un mundo completamente egocéntrico: si yo no veo luz, hay oscuridad.

El hecho de que las palabras existan en nuestro mundo lingüístico no es suficiente para que sean reales, para que tengan capacidad de ser. Si no, sería tan fácil como decir la palabra “unicornio” y ese animal fantástico existiría físicamente en nuestro mundo.

Las preguntas del silencio

Como ya os habréis dado cuenta, el silencio tampoco existe. Existe mi capacidad para decir más o menos palabras en voz alta, porque es mi callar al que yo denomino “silencio”.

Desde esta perspectiva, la palabra silencio vuelve a ser completamente egocéntrica. Solo cuando yo callo, cuando renuncio a la capacidad de hablar, de pensar en palabras, aparece el silencio.

Pero, en realidad, es cuando callo cuando empiezo a recibir, a poder percibir; cuando empiezo a ser; cuando empiezo a escuchar; cuando me doy cuenta que existe una voz profunda dentro de mí que me pregunta: “¿quién eres?”; “¿qué quieres de la vida?”; “¿qué quieres aportar?”. Estas preguntas siempre están, pero mi propio ruido no me deja escucharlas.

En este sentido, el libro del Génesis tiene una hermosa historia metafórica que pone de manifiesto este descubrimiento interior.

En un cierto momento, Adán come el fruto del árbol del bien y el mal sin saberlo. De repente, se siente desnudo e indigno y empieza a juzgar seguramente porque sus palabras han empezado a ocupar el espacio del mundo, ha dejado de escuchar y se llena de juicios, de palabras, de prejuicios: ha comido del árbol que juzga, del árbol que separa entre el bien y el mal. De esta forma, Adán acaba de romper el silencio gracias al cual podía escuchar “la Palabra”.

Pero, en ese instante, en el que Adán se siente culpable y se esconde en lo más profundo del Edén, se escucha una voz llamándole “Adán, ¿dónde estás?”. Es Dios, quién lo llama por su nombre (etimológicamente, Adán significa “hombre”). Como es lógico, Dios lo está observando y sabe dónde está: la divinidad es omnisciente. Pero también se da cuenta que ahora es Adán quién está perdido. ¡Por eso lo llama! ¡Porque lo ve perdido! ¡No lo llama porque ignore dónde está, sino porque lo ve perdido y quiere que se dé cuenta para volver a su esencia!

De alguna manera, cuando callo puedo oír esa voz que me llama para que vuelva a mi origen. Cuando yo callo, la Vida me llama porque Ella siempre está allí, es Verbo y Palabra. Y siempre ES porque no puede no ser.

Escucharse a uno/a mismo/a

Solo puedo escuchar mi interior cuando me vacío, cuando dejo de hablar y no me considero el centro del universo. Cuando dejo que la Vida sea tal y como debe ser. Cuando callo, entendiendo que yo no soy el fruto, sino que es la Vida quién habita en mi interior.

Entonces, desde la humildad, puedo empezar a escuchar y poner atención en lo más importante: en la Vida, en el Verbo, en la Palabra. Mi silencio me permite captar niveles de comprensión que las palabras esconden. Y, si no me creéis, os invito a anular el pensamiento, a dejar de juzgar y a experimentar esto que os digo.

Como le sucedía a Adán, cuando me lleno de juicios y falsas creencias, acallo algo que está dentro de mí y dejo de escucharlo. Cuando, por el contrario, realizo una introspección basada en el silencio, cedo el turno a la Palabra para que hable. Y, cuando la escucho, el silencio adopta su verdadero significado: no es el silencio, es la escucha.

Existen, como mínimo, dos formas de escucharse a uno/a mismo/a: el descendiente y el ascendente.

Por un lado, hay una forma de callar que se basa en darme cuenta de lo que yo no soy. Yo no soy hombre, ni mujer, ni blanco, ni negro, ni europeo. Es la Vida la que transcurre dentro de mí y, por lo tanto, mis pensamientos, mis ideas o mis emociones no tienen importancia. Se trata de observar la creación como un hecho al margen de las formas. Se trata de ascender hacia lo que sí es, dejando caer todo lo que no es. Dejando caer las formas para ir a la esencia que ellas esconden.

De otro lado, hay una forma de callar que es viendo en la Vida todo lo que sí existe en el mundo de la forma: el camino descendiente.

Viendo la divinidad en todas y cada una de las cosas que existen físicamente puedo darme cuenta de aquello que forma parte de mi realidad tiene en su interior el espíritu de la Vida, de la cual no puedo estar separado/da: la Vida siempre está presente. Mediante esta visión, también puedo comprender que la Vida no es una lucha y que no existen vencedores ni vencidos. Lo único que existe es la expresión de la Vida cuando callo y me permito escucharla. La del Amor expresándose en mí, la de la Palabra fructificando dentro de mí… ¡y en el mundo, en el universo!

Por eso es tan importante callar: para encontrar un centro desde el cuál interrogarse y actuar. Pero este centro no soy yo, sino que ya existía: es el Espíritu dentro del alma. Simplemente, ES.

Callar y ser

Y, desde este silencio que no existe porque es escuchar la Palabra, quizás recuerdes un fragmento del evangelio que, como cualquier otro libro místico, es un libro de instrucciones, es decir, un libro para ser vivido.

En un fragmento, Juan bautiza a Jesús en el Jordán y Dios habla diciendo “este es mi hijo amado, escuchadle”. Si haces silencio, te darás cuenta que esas palabras de hace miles de años las están diciendo para ti ahora y aquí. Tú eres el hijo la hija amado/a. Escucha. Calla y escucha.

Si yo soy más allá de la forma, la Vida ES. Y, si la Vida ES, significa que esas palabras del evangelio, y de cualquier otro libro místico, toman todo su sentido. Porque es cuando callas que oyes con claridad, es cuando callas que dejas que la vida te hable.

Lo más importante de la vida no es el trabajo, llegar pronto o tener razón. Es callar y ser. El callar y el silencio te permiten escuchar quién eres con mucha facilidad. El silencio es un camino fundamental hacia la auto-comprensión.

Llamamos silencio al callar cuando en realidad es Palabra. Solo hace falta que yo sea capaz de mirar en mi interior y escucharla para entender que todo es perfecto y necesario para que la Vida fructifique dentro de mí.

Callemos. Hagamos silencio.

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