Desmontando creencias: Nunca digas de esta agua no beberé

En cierto momento, Alicia se da cuenta de que no es buena en su trabajo, no le gusta y se siente incómoda. Procura sobrellevarlo como puede hasta que un día, “para su suerte”, la despiden. Se dice entonces a sí misma: “ojalá nunca más tenga que volver a hacer este mismo trabajo. Es lo peor que me podía tocar para ganarme la vida”.

Al poco tiempo, se le vuelve a presentar otro empleo que tampoco la hace feliz, teniendo que enfrentarse al destino de las cosas que no sabe cómo resolver. Una y otra vez Alicia vuelve a encontrarse con el mismo problema de difícil solución. Un agua que ella no quiere tener que beber…

¿QUÉ ES LO QUE SOSTIENE ESTA CREENCIA?

La idea que hay detrás de esto es que uno debería ser muy prudente, porque la vida es vengativa y dañina, y en un cierto momento, si tu dices “de esta agua no beberé” (de acuerdo, si me obligan beberé, pero si puedo no lo haré…) a lo mejor, por maldad, la vida te lo pondrá en frente otra vez, de todas maneras

Así que mejor te resignas, porque esto es un valle de lágrimas, y aquí hemos venido a sufrir, así que… ¡mala suerte! Y nunca digas que de esta agua no beberás, porque está previsto que todas las personas deben sufrir.

Por lo tanto, “cuando veas las barbas de tu vecino cortar, pon las tuyas a remojar” y no digas que no, porque te las van a cortar de todas formas.
Podemos ver que las creencias que habitan detrás de estos conceptos están relacionadas con la venganza, el miedo, con que el mundo es malo, que hay que ser prudente, que es mejor rendirse que resistirse, que más vale malo conocido que bueno por conocer, que más vale pájaro en mano que ciento volando… Que si toca esto, toca esto, te fastidias y tira palante. Pero nada de esto es cierto. La realidad es otra.

¿QUÉ ES LO QUE SÍ HAY DE VERDAD DETRÁS DE ESTO?

La realidad es que nosotros nacemos, como mínimo, con dos maletas: una maleta a la que llamamos Vocación, que está llena de todas las cosas que nos resultan fáciles; cosas que, cuando nos ocurren, no nos importa bebérnoslas a borbotones. Es decir, que no se nos ocurriría nunca decir “de esta agua no beberé” sino que decimos “dame más, que me encanta”.

Pero junto con la maleta de la vocación (que incluye todo lo que yo sé y domino y con lo que disfruto), que a veces es pequeña y a veces es grande, tenemos otra maleta: la del Karma o destino: que no es otra cosa que la maleta de las asignaturas que no tengo aprobadas. ¡Y que, como es lógico, suspendo! Es en esos casos donde me digo: “¡qué mal karma tengo!, ¡qué mala suerte tengo!”. Pero no es así; en realidad lo que tengo es ignorancia, y en cuanto logre aprobar esas asignaturas tendré un presente positivo y cada vez mayor

¿Cuál es la realidad? La realidad es que tú deberías decirte: “¡qué ganas tengo de beberme ya toda la maleta del destino! ¡Qué ganas tengo de beber esta agua que yo había dicho que nunca la bebería! Pero no se trata de decir “bueno, está bien. No diré que no la beberé…” Sino de decir “¡Venga, ponme la botella entera, y vamos a acabarla…!”

Porque cuando se acabe esta maleta, todo lo que no sabía hacer, lo sabré. Y como lo sabré hacer, pasará de la maleta del destino (del dolor) a la de la vocación (el gozo). Y de repente, si nuestra amiga Alicia hubiera decidido amar su trabajo y dominarlo, ahora podría escoger entre aquel que abandonó y este segundo que el ofrecieron, -que en realidad no era gran cosa- y posiblemente se hubiera quedado en el anterior, disfrutando.

Es decir que yo sugiero a los lectores que, si en algún momento tienen que comprometerse en su vida y elegir entre la miel dulce de la maleta de la vocación y la miel amarga de la maleta del destino, que escojan la segunda. Porque cuando se la acaben, todo eso pasará a convertirse en miel. Porque una vez que la ignorancia se termina se convierte en sabiduría. La vida, entonces, se convierte en feliz y esa sí es la realidad. No debemos decir “no beberé” sino: “sí, quiero beber y lo haré con conciencia”.

Y BEBERÉ CON CONCIENCIA

Todo aquello que hacemos con conciencia se traspasa con agilidad, con menos sufrimiento y a más velocidad. Todo aquello en lo que yo pongo conciencia, crece y se multiplica. Si yo pongo conciencia en la maleta de lo que me cuesta, de forma voluntaria, lo que crece es el placer de aprender.

Porque hay dos formas de aprender: la de los estudiantes de la ESO que dicen ¡no quiero ir al instituto! pero tienen que ir (y la pringan), y las de los otros niños y niñas de la ESO que dicen: “ya que tengo que ir, voy a ver qué aprendo”. Y se fijan, preguntan, hacen amigos y disfrutan… La clase es la misma. La diferencia está en que unos decidieron beber y otros han dicho: “no voy a prometer que no lo beba –porque en junio tengo examen- pero cuanto más lejos mejor”. Y ahí está el gran error.

CÓMO VERIFICAMOS SI ESTO FUNCIONA

Podemos comprobar que aquellas cosas que nos han resultado de gran dificultad, cuando las hemos superado, han generado en nosotros una satisfacción inmensa. Y han producido, además, una sensación de seguridad que nos hemos podido llevar a los otros campos. Por lo tanto, pudimos verificar que al abordar con conciencia algo difícil, prestando atención, deseando aprender, entendemos y enriquecemos nuestra vida. De tal modo, hemos verificado que nuestra vocación se incrementa.

Pero también hemos comprobado lo contrario: cuando hemos decidido que las cosas se alejen de nosotros, cuando hemos intentado esquivarlas, hemos comprobado que la mayoría de las veces eso no es posible. Y que “ir así a clases, sin querer aprender” es un pasaporte directo hacia el sufrimiento.

La frase “Nunca digas de esta agua no beberé” oculta algo: que el agua que no te gusta, no quieres beberla y es, sin embargo, la que más te conviene. Es como los niños que no quieren verdura… ¡y eso es justo lo que más les conviene! Muchas veces no tenemos en cuenta que lo que no nos gusta, nos conviene; y lo que nos gusta, es lo que no nos conviene.

Querido lector: yo nunca sé lo que es adecuado. Yo sé que lo adecuado es que sea capaz de sobrevivir en mi vida, gozosamente, al margen de la vida que me haya tocado vivir. Por lo tanto, todas las cosas que no soporto debo aprender a amarlas porque están ahí, en mi vida.

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