Desmontando creencias: Dios aprieta pero no ahoga

Juan se hallaba en una situación límite. Había rechazado dos trabajos que no le gustaban hacía ya dos años, se le había terminado el paro y estaba en un momento en que, o conseguía un empleo, o tendría que volver a vivir a casa de sus padres. En ese instante, mirándose al espejo con sus cincuenta años a cuestas, se dijo: “Y bueno… Dios aprieta pero no ahoga”.

Cuál es la creencia que sostiene esta idea

Hay cuatro creencias que se esconden bajo este dicho popular. Ante todo, la primera creencia que aparece detrás de esta frase es que hay un tercero que decide lo que me pasa a mí. Es Dios, es la vida, quienes deciden sobre mis circunstancias. La segunda nos dice que esa circunstancia es inevitable; la tercera, que lo que me está ocurriendo es injusto. Y la cuarta nos invita a que hay que resistir, porque a partir de ahí empezaremos a ver la luz al final del túnel.

Comencemos a desmontar. Primero: no es verdad que lo que me ocurre sea por causa de un tercero. Yo actúo y mis actos tiene consecuencias: esto es un hecho científico. Cada uno de mis actos está escribiendo mi futuro, y no puedo pedir a Dios que sea responsable de lo que yo he hecho.

Así por ejemplo, si resulta que no sé leer, pensaré: ¡Es que tantas letras en el mundo me hacen la vida difícil! Pero enseguida me diré: “Dios apriete pero no ahoga”. Sin embargo, no se me ocurriría plantearme aprender a leer; pensaré que es culpa de un tercero y que no tiene nada que ver conmigo, sin darme cuenta de que es algo fruto de mis actos.

Por lo tanto -desmontando la segunda-, no es verdad que sea inevitable, es algo que yo he creado. Será inevitable ahora, que yo he creado las causas, pero ¿no es cierto que hubiera podido crear otras? Esto no me ha sucedido solo a mí, le sucedería a cualquier persona que crease estas causas.

Desmontemos la tercera: mentira, lo que me está ocurriendo NO es una injusticia. ¿Quién se atrevería a decir que un cactus pincha y que eso es una injusticia? ¡Dios mío! Cada cosa trae su aprendizaje por lo que, decir que no te gusta aprender esto, no aporta nada al hecho de que tienes que aprenderlo…

Y esta idea de que al final del túnel empezarás a ver la luz (para desmontar la cuarta), depende… ¡Igual tus padres te dicen que no quieren que vuelvas a casa! Lo que ocurre al final del túnel, generalmente no depende solamente de nosotros.

¿Y qué es lo que Sí es verdad detrás de esto?

No sabemos si Dios ahoga o no. En todo caso no es Él quien aprieta o ahoga, son las circunstancias que no hemos sabido manejar. Y eso nos lleva directamente a comprender cual es la realidad: que yo creo mis circunstancias.

Eso no quiere decir que haya circunstancias más fáciles y más difíciles, por supuesto. Hay gente que lo tiene más fácil en lo económico; otros lo tienen más fácil en lo intelectual; algunos lo tienen mas fácil en lo emocional, o en lo creativo… ¿Y qué? Pero tal como tú hagas, así recibirás. Es decir: cada uno tiene unas cartas, y tal como las juegue así hará un full, una escalera, un trío… Y tú puedes decir: “¡Pero es que yo no tenía tríos!”. ¡Espérate, pide una carta, o haz un farol!

Pero debemos saber que todo tiene su precio. Por lo tanto no se trata de Dios, se trata de Mí. Y no, no es inevitable, yo puedo decidir. Y puedo decidir con sabiduría. Lo que podría haber sido algo negativo acaba convirtiéndose en algo de lo que aprender… Y entonces sí que podré salir del túnel, porque “la luz del túnel” significa que al final he aprendido.

Otro ejemplo para entenderlo: si yo no domino los semáforos, necesariamente -dentro de un tiempo- me vendrás a ver al hospital… ¡O al cementerio! Es un hecho. Y no tiene que ver con Dios, tiene que ver con mi ignorancia. Lógicamente que cuando me estén dando de alta del hospital pensaré que ya estoy saliendo del túnel… Eso NO es verdad. Saldré del túnel si aprendo a utilizar los semáforos. Entonces se creará una realidad distinta y entenderé que la realidad no es justa ni injusta, es una consecuencia. Y me daré cuenta de que no era Dios el que apretaba, sino que era YO el ignorante. Lo vivido es una consecuencia.

Decide aprender

En todas aquellas situaciones que te sientas ahogado, pregúntate: “¿Qué es lo que puedo aprender con esto? ¿Qué es lo que no he estado haciendo bien? ¿Cómo podría hacerlo bien? ¿Cómo podría ser feliz en este momento?”

Porque, a lo mejor, la situación que vives ahora ya no tiene vuelta atrás: yo pude haber sido un ignorante absoluto sobre el efecto del colesterol y los triglicéridos en las embolias y haber comido una tonelada de huevos fritos con bacon cuatro veces al día durante varios años… ¡y ahora verme postrado en una silla de ruedas a partir de una enfermedad que no tiene vuelta atrás! ¿Dios aprieta pero no ahoga quiere decir que Dios me puso los huevos fritos? No: que tengo algo que aprender.

A lo mejor, frente a algunas circunstancias, ya no puedes volver atrás. No importa, abraza tu ignorancia…¡pero aprende! En el ejemplo de los fritos, ahora puedo aprender a comer, aunque a lo mejor sea tarde para dejar atrás la silla de ruedas y ya no pueda volver a andar… Pero eso no es injusto, porque es una consecuencia de la manera en que fui haciendo las cosas durante un determinado tiempo. ¿Se le llama injusticia? No, se le llama ignorancia.

Entonces a partir de ese momento, con el cuerpo enfermo, ¿qué tendría que preguntarme? Pues cómo puedo vivir feliz de aquí en adelante, teniendo la salud maltrecha. Porque sino afirmaré: Dios me aprieta, pero no me ahoga. ¿Qué querría decir? “Que Dios me aprieta, pero no me mata”. Y ahí habría, de nuevo, ignorancia: que la muerte es mala.. ¡y no lo es! Solo será mala si has desaprovechado toda tu vida, porque no habrás aprendido, ni habrás vivido feliz. Y entonces te dirás: “¡Pues por no haberme ahogado, sí que me ha fastidiado bien!”. Pero no es ÉL, sino que soy YO quien desaprovecha la vida, quien todavía no entiende nada…

Vamos a verificar todo lo dicho

¿Puedes mirar atrás y ver todos los momentos límite que hubo en tu vida? ¿Puedes ver las cosas que, de haberlas sabido manejar con sabiduría, no se hubieran producido en los momentos límite?

¿Puedes ver las decisiones previas a fastidiarla y, una vez que se produjeron, cuál era la actitud sabia para minimizar los daños?

¿Puedes darte cuenta de que esos daños los provocaste tú de alguna manera al no saber decir que no, o decir que sí, o no saber alejarte, o no saber comprometerte, etc.? Si te das cuenta de eso, sabrás que la próxima vez que te encuentres en una situación límite debes preguntarte: ¿Qué puedo aprender?

Por lo tanto: Dios no te aprieta ni te ahoga, sino que Dios te invita a aprender. Dios no te aprieta, te deja libre, pero no puede evitar que las semillas que tú has plantado den su fruto.

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